El crecimiento de la producción no se vio acompañado por un movimiento de inversión ni por un aumento del poder adquisitivo de igual amplitud por parte de los asalariados. El comercio internacional estuvo obstaculizado por los altos precios de los productos manufacturados que contrastaban con el hundimiento de los precios de los productos agrícolas y las materias primas en general.
EEUU se había convertido en el gran prestamista, (colocó en Europa entre 1.000 y 1.500 millones de dólares anuales, 1/3 en Alemania, en el período 1924-1925); con este dinero Europa pagaba las deudas contraídas con EEUU que seguidamente volvían a invertirse en Europa.
De 1921 a 1929 EEUU invirtieron 8500 millones de dólares en el extranjero y sus deudores continuaban pidiendo préstamos para pagar los intereses de los préstamos anteriores. El flujo de los capitales norteamericanos era la pieza clave de la economía mundial.
Como la producción industrial de EEUU estaba orientada en buena parte a la gran masa de asalariados, consumidores durante la prosperidad, al disminuir la capacidad adquisitiva de estos en su conjunto, al aumentar el paro, se contrajo la demanda y en las fábricas aumentaron los stoks sin salida comercial. Ante esto comenzaron a bajar los precios.
La restricción del crédito y la falta de pedidos provocó a su vez la quiebra de gran número de empresas y las reducciones de plantillas, con lo que el aumento del paro se agudizaba con la crisis.
Las repercusiones de la crisis en Europa se dejaron sentir rápidamente cuando fueron retirados los capitales flotantes de EEUU que los repatriaba en un deseo de aumentar su liquidez.
La extensión de la crisis fue proporcional a la dependencia de las inversiones norteamericanas por parte de cada país, siendo Alemania el más afectado.








La mujer llevaba un vestido recto hasta poco más arriba de los tobillos, el kepán, ceñido en la cintura con una faja o trariwe, en cuyo tejido estaban diseñados los símbolos de la jerarquía social de su dueña.
Hombres y mujeres se depilaban cuidadosamente todo el cuerpo. Las mujeres usaban maquillaje con claro sentido cosmético; se coloreaban las mejillas con polvos y cremas de color rojizo, y asimismo se pintaban las pestañas, bordes y rabillos de los ojos con líneas oscuras y verdes. El peinado de las mujeres consistía en trenzas simples que a veces llevaban arrolladas a ambos lados de la cabeza, sujetas con alfileres o el trarilonko. Los varones no parecen haber utilizado pinturas faciales ni aún en la guerra o en solemnidades. Llevaban el cabello cortado en melena que no alcanzaba a los hombros, y, según la descripción que hace Alonso de Ercilla para la ceremonia de reconocimiento de Lautaro por Caupolicán, como lugarteniente suyo, los jefes solían raparse el pelo a ambos lados de la cabeza, dejándose sólo un abundante mechón en la parte central del cráneo, peinado en trenza desde la frente hasta la nuca.
En los finales del Siglo XX y en el presente Siglo XXI, la actividad de las madres en el campo laboral, que dejan menos tiempo para las tareas hogareñas, ha hecho que encuentren una solución para las ropas de los chicos en las fibras artificiales, que no necesitan cuidados especiales. La vestimenta infantil se fue haciendo más cómoda y práctica.
A mitad del Siglo XX, el vienés Walter Artzt, realizó una prenda para bebes, cómodo y práctico, de una sola pieza, el pelele, o enterito, con prendedura que permitía cambiar los pañales sin desvestir al lactante y que fue adoptado posteriormente por todas las mamás.